Wednesday, June 15, 2016

Niños de Corazón

A medida que los años pasan, y voy creciendo, no puedo evitar tener momentos diarios en los que el deseo de volver ser una niña predomina más que ningún otro en mi mente. Cada día me enfrento a las circunstancias inevitables de mi realidad, como el terminar mis estudios universitarios, la búsqueda de un trabajo estable, y todas las responsabilidades que vienen incluidas en el paquete de “Ser Adulto Es Ineludible” (Edición para principiantes). Me vuelvo más perfeccionista, más obsesionada con el trabajo, y más organizada en todo aspecto. Podríamos decir que estas cosas no son necesariamente malas, sin embargo, si no tenemos cuidado, podemos perdernos y alejarnos del enfoque correcto al dejar que las repercusiones de crecer en este mundo nos alcancen.

Cuando crecemos, vivir en este mundo se vuelve más importante, y como consecuencia, comenzamos a desear desesperadamente encontrar nuestro lugar en la sociedad. Nos comenzamos a preguntar si realmente estamos haciendo bien las cosas, si estamos haciendo algo que vale la pena, si hemos tomado las decisiones correctas, o por qué nuestros planes no han resultado como queríamos. Es un hecho que la vida adulta está llena de quejas, frustraciones, incertidumbres y temores, y muchas veces (sino es que siempre) el resultado de esto es una caída segura en las manos de la ansiedad y preocupación, todo esto, sin contar las heridas y daños que nos han marcado y hemos recibido a través de los años. Las consecuencias de crecer en un mundo caído, nos va haciendo personas más frías, orgullosas y autosuficientes, y nos lleva a poner nuestra identidad y valor en lo pasajero del mundo.



Pero, ¿sabías que no necesariamente tiene que ser así? ¿Que ser adulto no significa perder el gozo, la felicidad, la pasión y creatividad? ¿Que no significa perder el interés por las cosas sencillas? e incluso, ¿no significa que nos tenemos que volver autosuficientes?. ¿Qué pensarías si te digo que Dios nos llama a ser como niños? Aunque para ti sea difícil de creer, los niños tienen mucho que enseñarnos en cuanto a cómo enfrentar la vida, y sobretodo, tienen mucho que enseñarnos en cuanto a nuestra fe Cristiana. Jesús nos habla de esto en Lucas 18, versículos del 16 al 17:

"Entonces Jesús llamó a los niños y dijo a los discípulos: «Dejen que los niños vengan a mí. ¡No los detengan! Pues el reino de Dios pertenece a los que son como estos niños. Les digo la verdad, el que no reciba el reino de Dios como un niño nunca entrará en él»."

¿Por qué Jesús compara la fe de un cristiano con la manera de ser de los niños? Déjame, te explico: Los niños son personitas completamente dependientes de sus padres. No pueden comer o vestirse sin que sus padres estén ahí para ellos. Son su refugio en momentos de temor e inseguridad, y con quienes desean compartir sus más nuevos descubrimientos e ideas. Su inocencia les permite disfrutar las cosas sencillas de la vida, sin dejar de lado el hecho que se frustran cuando los padres, en su sabiduría, impiden o estorban planes que pueden dañarlos más de lo que ellos de imaginan (¿te suena conocido?).

Pues de la misma manera, Dios nos llama a depender de Él en todo sentido, nos llama a buscarlo como nuestro único refugio y nuestra roca firme de seguridad. Nos llama a no ser autosuficientes y a dejar todo el orgullo atrás, haciéndonos ver que “Separados de Él, nada podemos hacer.” (Juan 15:4-5) Nos llama a depositar toda nuestra confianza en Él, aunque muchas veces no entendamos porqué suceden las cosas, porque sabemos que Él cuida de nosotros (Romanos 8:28-39, Mateo 6:23-33) Y que en momentos de adversidad, angustia, y batallas en contra del pecado, Él es nuestro ayudador y consolador. (Mateo 11:28, Salmos 147:3)


Tengamos la edad que tengamos, nuestra dependencia hacia Dios, nuestro Padre, no se cortará nunca. Todo esto forma parte de la gracia; del regalo inmerecido de su salvación. Como cristianos tenemos la garantía de Su cuidado eterno. No perdamos de vista esta hermosa enseñanza, y no permitamos que los afanes del diario vivir nos roben el gozo del cuidado que Dios tiene sobre nuestras vidas. La redención es completa, y el cuidado por sus escogidos no tiene fin.

“Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque él cuida de ustedes.” – 1 Pedro 5:7 (NTV) 

Blogger Invitada
Alessandra
http://valiente-timidez.tumblr.com

Wednesday, June 8, 2016

DIOS Y MI PAPÁ

Fue a finales de los 90´s que por fin lo entendí. Dios usó a mi líder de esa época, para mostrarme algo que podríamos llamar un ‘traslape’ que yo había hecho entre Dios y mi papá.

Ya lo había escuchado antes, pero ahora estaba tan claro, mi relación con el Señor tenía muchos vacíos como consecuencia de mi relación con mi papá terrenal.

Mi papá hizo lo mejor que pudo, era tan imperfecto como yo, pero en aquellos años en los que no se había entregado por completo a Dios, tuvimos que aguantar muchas cosas en casa. Fue un alcohólico activo por muchos años y aunque dejó de consumir, su carácter distorsionado por su adicción, el típico machismo de antaño y su formación al estilo militar se combinaron para que yo le temiera y le resintiera el maltrato que trajo a la familia.

Por años pasé verdaderamente confundida. No entendía por qué si Dios me amaba, no escuchaba mis oraciones desesperadas suplicándole que cambiara a mi papá. Asistía a la Escuela Dominical fielmente, estudiaba en un colegio cristiano, trataba de portarme bien siempre y me esforzaba por cumplir cada promesa que le hacía al Señor, con tal de convencerlo de hacer algo para transformar a mi familia.

Aunque casi nunca lo decía en voz alta, como niña y luego como adolescente, siempre tuve claro que el culpable del infierno en casa era mi papá. ‘Sería feliz si tan sólo dejara de ser tan explosivo, si tan sólo dejara de maltratar a mi mamá, si tan sólo fuera más cariñoso, si tan sólo dejara de ser tan machista, si tan sólo…’ y al pasar los años, y ver que mi papá terrenal no nos amaba lo suficiente, y que mi Papá celestial tampoco hacía nada…empecé a creer, casi sin darme cuenta, que Dios no era tan mejor papá que el mío.


Llegué a convencerme que Dios era tan estricto como mi papá y que yo debía esforzarme al máximo por portarme bien para no molestarlos a ninguno de los dos, tú sabes, para no hacerlos enojar. Pasé años sin tener la suficiente confianza que una hija debería tener, para acercarse con naturalidad a su papá para pedirle cualquier cosa, y lo mismo me ocurría con Dios, mis oraciones eran bien temerosas, sin sentirme lo suficientemente digna para pedir con soltura. Cuando algo malo ocurría, siempre trataba de buscar en lo que me había equivocado para que mi Papá Celestial dejara que eso pasara.

Con mi papá nunca se pisaba terreno firme. No se sabía de qué humor andaba. El día, en muchas ocasiones se vivía en torno a cómo él amaneciera, o a cómo volviera de la calle. Tenía el poder para amargar un paseo, un cumpleaños, un día tranquilo, lo que fuera. Había que estar atentos y actuar de acuerdo a lo que él mostraba. Muchas veces, las encerronas en el cuarto, eran la mejor salida. Lo curioso es que con Dios las cosas no eran así, pero yo casi nunca lo notaba. También le huía, también pasaba mucho tiempo sin hablarle, también me alejaba.

Pero Dios usó a esa líder para sanarme. Me costó mucho aceptar que mi accidentada relación con mi papá había afectado mi relación con Él. ¿Cómo es posible? ¡Si yo he estado en una iglesia toda mi vida! ¡No puede ser! Pero sí lo era. No tenía problemas con aceptar la faceta de Dios como Señor, como Todopoderoso, claro que para Él nada es imposible. Pero…cuando me pidieron analizar Su lado de Padre, la cosa cambió. Estaba dolida con Él porque no hizo nada en años para restaurar a mi familia y cambiar a mi papá. Me parecía hasta cierto punto injusto que a pesar de mis mejores esfuerzos por ser tan correcta, Él siguiera guardando silencio. ¿Por qué nunca nos defendió? ¿Por qué no hacía algo definitivo con mi papá?

Empecé a escarbar poco a poco. Y tomó un tiempo entender, pero aquel estorbo que sentía en mi relación con el Señor, aquel no sé qué, que no me permitía sentirme amada por completo por Él, aquel dolorcito que me hacía dudar de Su amor y Su bondad, se derivaba de mi relación con mi papá.

Fue un proceso. Comencé por perdonar (si eso puede ser posible) al Señor por no haber intervenido en la violencia intrafamiliar que viví. Eso me trajo libertad para acercarme con más confianza a Él. Mi papá siguió fallando, pero trataba de tenerle compasión, pues su misma infancia no había sido sanada aún.

Paradójicamente, ese lado de Dios como Papá, lo conocí tan profundamente, hasta que mi papá terrenal murió de forma repentina. Ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba. Lamento los años que perdí en mi relación con mi papá, pero también con Dios, pues le rehuí por mucho tiempo. ¡No sabía de lo que me perdía!

El Señor, en su misericordia, me permitió ver en los últimos años de vida de mi papá, una restauración  en su matrimonio y muchos cambios en él. Pero sobre todo, me sanó. Y hasta este día, me sigue mostrando que no hay mejor Papá que Él. Que no importa los años que pasen, yo seguiré siendo Su niña, me seguirá amando con locura, seguirá interesado en oír con atención cómo estuvo mi día, seguirá emocionándose conmigo cuando logro algo, seguirá proveyendo para mis necesidades, seguirá consolándome cuando algo me duele, seguirá defendiéndome cuando alguien me hace daño.


Si tu papá terrenal no fue el ideal, si te falló, si te abandonó, si nunca le conociste, si te lastimó demasiado, si le resientes algo…quiero animarte a ir a tu Papá Celestial y dejar que te sane, Él tiene el poder para darte un nuevo comienzo.

O si como yo, sientes que Dios te ha fallado como Papá, quiero decirte con mucho amor que estás equivocada, Él no es como nuestros papás terrenales, Él jamás nos dejará, Él nunca condicionará Su amor, Él jamás te hará daño. Vuelve a Él, corre como niña y lánzate a Sus brazos, deja que Su misericordia te cubra y que Su presencia te de la certeza que eres Su hija amada.

“Yo seré para ustedes como un padre, y ustedes serán para mí como mis hijos y mis hijas. Esto lo afirmo Yo, el Dios Todopoderoso” 2 Corintios 6:18 TLA

“Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recibirá en Sus brazos” Salmos 27:10 NVI

Blogger invitada
Doménica Maeda

Wednesday, June 1, 2016

Una palabra dominguera.

Un día de estos le expliqué a mi hijo que yo siempre sería su mamá porque la adopción es “irrevocable”.  “¿Qué significa irrevocable?”, me preguntó y yo aproveché para enseñarle una nueva palabra dominguera. Se la voy a tener que repetir un par de veces para que aprenda su significado y todavía más veces para que entienda las implicaciones de esa frase. No me lo inventé yo. Lo dice la ley salvadoreña en el código de familia: una vez firmada la resolución que decreta la adopción no hay vuelta atrás. Cualquier documento antiguo es anulado y en su partida de nacimiento ahora sus padres legítimos somos mi esposo y yo. El juicio de adopción es parecido a un matrimonio con la diferencia que las promesas y los votos son hechos solamente por una parte, que en este caso son los padres. Nosotros nos comprometimos ante una jueza de familia a velar por su bienestar y a amarlo sin exigir nada a cambio. Lo dijimos en voz alta y lo plasmamos con tinta en un papel. Nuestro regalo fue nuestro hijo. Con todas sus virtudes y defectos, en salud y en enfermedad, en riqueza y en pobreza. El que seamos padres legales de mi hijo no es el resultado de una casualidad. Fue la culminación de una espera de cuatro largos años de papeleos y oraciones. Y todo terminó cuando se firmó el acta de adopción, la cual es irrevocable.

Ahora que estamos celebrando el mes del padre es útil recordar nuestra propia adopción en Cristo, la cual tiene algunas similitudes con las adopciones humanas, pero  es superior. Dios planeó ser nuestro Padre desde antes de la fundación del mundo y esperó la consumación de los tiempos para que Jesús firmara con su propia sangre los papeles legales de nuestra adopción. Ese día se inició un nuevo pacto en el que nuestro Padre se comprometía a amarnos de todo corazón por una eternidad. Nosotros no éramos lindos bebés inocentes, sino sus enemigos declarados (Ro. 5:10). No había nada en nosotros digno de su amor, pero Él aun así quiso adoptarnos en su familia y ahora tenemos el privilegio de ser llamados sus hijos. Pero Dios no se detuvo allí. Él envió su mismo Espíritu a vivir en nuestros corazones para que ahora nosotros podamos ir siendo transformados a la imagen de su Hijo Jesucristo. Ese Espíritu nos da la certeza que somos amados y aceptados por nuestro Padre y echa fuera todo temor de que alguien o algo pueda un día separarnos de Él (Ro. 8:14-16). Mi adopción en Cristo también es irrevocable. Tampoco me lo inventé yo. Tengo al Espíritu Santo dentro de mí dándome testimonio y la Palabra de Dios para confirmarlo.


“Por lo cual estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús” Ro. 8:39

Blogger Invitada
Maria Elena Rivas