Una palabra dominguera.
Un día de estos le expliqué a mi hijo que yo
siempre sería su mamá porque la adopción es “irrevocable”. “¿Qué significa irrevocable?”,
me preguntó y yo aproveché para enseñarle una nueva palabra dominguera. Se la
voy a tener que repetir un par de veces para que aprenda su significado y
todavía más veces para que entienda las implicaciones de esa frase. No me lo
inventé yo. Lo dice la ley salvadoreña en el código de familia: una vez firmada
la resolución que decreta la adopción no hay vuelta atrás. Cualquier documento
antiguo es anulado y en su partida de nacimiento ahora sus padres legítimos
somos mi esposo y yo. El juicio de adopción es parecido a un matrimonio con la
diferencia que las promesas y los votos son hechos solamente por una parte, que
en este caso son los padres. Nosotros nos comprometimos ante una jueza de
familia a velar por su bienestar y a amarlo sin exigir nada a cambio. Lo
dijimos en voz alta y lo plasmamos con tinta en un papel. Nuestro regalo fue
nuestro hijo. Con todas sus virtudes y defectos, en salud y en enfermedad, en
riqueza y en pobreza. El que seamos padres legales de mi hijo no es el
resultado de una casualidad. Fue la culminación de una espera de cuatro largos
años de papeleos y oraciones. Y todo terminó cuando se firmó el acta de
adopción, la cual es irrevocable.
Ahora que estamos celebrando el mes del padre
es útil recordar nuestra propia adopción en Cristo, la cual tiene algunas
similitudes con las adopciones humanas, pero
es superior. Dios planeó ser nuestro Padre desde antes de la fundación
del mundo y esperó la consumación de los tiempos para que Jesús firmara con su
propia sangre los papeles legales de nuestra adopción. Ese día se inició un
nuevo pacto en el que nuestro Padre se comprometía a amarnos de todo corazón
por una eternidad. Nosotros no éramos lindos bebés inocentes, sino sus enemigos
declarados (Ro. 5:10). No había nada en nosotros digno de su amor, pero Él aun
así quiso adoptarnos en su familia y ahora tenemos el privilegio de ser
llamados sus hijos. Pero Dios no se detuvo allí. Él envió su mismo Espíritu a
vivir en nuestros corazones para que ahora nosotros podamos ir siendo
transformados a la imagen de su Hijo Jesucristo. Ese Espíritu nos da la certeza
que somos amados y aceptados por nuestro Padre y echa fuera todo temor de que
alguien o algo pueda un día separarnos de Él (Ro. 8:14-16). Mi adopción en
Cristo también es irrevocable. Tampoco me lo inventé yo. Tengo al Espíritu
Santo dentro de mí dándome testimonio y la Palabra de Dios para confirmarlo.
“Por lo cual estoy seguro que ni la muerte, ni
la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por
venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del
amor de Dios, que es en Cristo Jesús” Ro. 8:39
Blogger Invitada
Maria Elena Rivas

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