Wednesday, June 1, 2016

Una palabra dominguera.

Un día de estos le expliqué a mi hijo que yo siempre sería su mamá porque la adopción es “irrevocable”.  “¿Qué significa irrevocable?”, me preguntó y yo aproveché para enseñarle una nueva palabra dominguera. Se la voy a tener que repetir un par de veces para que aprenda su significado y todavía más veces para que entienda las implicaciones de esa frase. No me lo inventé yo. Lo dice la ley salvadoreña en el código de familia: una vez firmada la resolución que decreta la adopción no hay vuelta atrás. Cualquier documento antiguo es anulado y en su partida de nacimiento ahora sus padres legítimos somos mi esposo y yo. El juicio de adopción es parecido a un matrimonio con la diferencia que las promesas y los votos son hechos solamente por una parte, que en este caso son los padres. Nosotros nos comprometimos ante una jueza de familia a velar por su bienestar y a amarlo sin exigir nada a cambio. Lo dijimos en voz alta y lo plasmamos con tinta en un papel. Nuestro regalo fue nuestro hijo. Con todas sus virtudes y defectos, en salud y en enfermedad, en riqueza y en pobreza. El que seamos padres legales de mi hijo no es el resultado de una casualidad. Fue la culminación de una espera de cuatro largos años de papeleos y oraciones. Y todo terminó cuando se firmó el acta de adopción, la cual es irrevocable.

Ahora que estamos celebrando el mes del padre es útil recordar nuestra propia adopción en Cristo, la cual tiene algunas similitudes con las adopciones humanas, pero  es superior. Dios planeó ser nuestro Padre desde antes de la fundación del mundo y esperó la consumación de los tiempos para que Jesús firmara con su propia sangre los papeles legales de nuestra adopción. Ese día se inició un nuevo pacto en el que nuestro Padre se comprometía a amarnos de todo corazón por una eternidad. Nosotros no éramos lindos bebés inocentes, sino sus enemigos declarados (Ro. 5:10). No había nada en nosotros digno de su amor, pero Él aun así quiso adoptarnos en su familia y ahora tenemos el privilegio de ser llamados sus hijos. Pero Dios no se detuvo allí. Él envió su mismo Espíritu a vivir en nuestros corazones para que ahora nosotros podamos ir siendo transformados a la imagen de su Hijo Jesucristo. Ese Espíritu nos da la certeza que somos amados y aceptados por nuestro Padre y echa fuera todo temor de que alguien o algo pueda un día separarnos de Él (Ro. 8:14-16). Mi adopción en Cristo también es irrevocable. Tampoco me lo inventé yo. Tengo al Espíritu Santo dentro de mí dándome testimonio y la Palabra de Dios para confirmarlo.


“Por lo cual estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús” Ro. 8:39

Blogger Invitada
Maria Elena Rivas

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